Vivimos en un mundo globalizado gracias, sobre todo, a las nuevas tecnologías. Internet destaca como herramienta para la “libre” circulación de información así como de capitales. Estos factores han hecho que el mundo de hoy sea más pequeño con respecto al de ayer al haber desaparecido cientos de fronteras al ritmo de un click. Pero también a su vez, el mundo se ha hecho mucho más grande ya que en él está incluido cada vez más millones de personas que usas estas herramientas de comunicación.
El tránsito de personas que fluyen de un país a otro incluso a diferentes continentes ha configurado un nuevo crisol cultural. Por tanto ¿tiene sentido en un país donde decenas de culturas ajenas y propias conviven siga existiendo la llamada “identidad nacional”?
El mito de la ciudad-estado ha muerto. Ya no es posible encontrar ciudades semejantes a las de la Antigüedad. Si a esto le sumamos que la “invención” de los Estados fue un acto premeditado en base a una cultura y una lengua común perteneciente únicamente a la clase dirigente y no a la población del territorio ¿qué cabida tiene hoy en todos los lugares donde se conviven con distintas nacionalidades? ¿A caso no está muriendo también este concepto?
No seremos nosotros quiénes lo veamos, pero habrá un momento en que se tendrá que debatir sobre ello. La época en que se fraguó una Europa en la que las diferencias marcaban la nacionalidad, digamos, que directamente pasó “de moda”. Pensemos que, además, esta configuración europea se realizó de una manera forzada. Por ejemplo, en Francia se impuso la lengua francesa para crear esa sensación de unión nacional a una población que mayoritariamente ni hablaba ni entendía el francés. Así pues a día de hoy ya no tiene sentido la búsqueda de homogeneidad bajo el proyecto de una identidad nacional.
Algunos leerán estas palabras pensando que debo haber perdido el juicio, pero esas mismas personas son las que en algún momento vivirán en una sociedad de mayor tolerancia, tiempo al tiempo. Hoy por hoy, se enmascaran los problemas financieros tras las diferentes capas desfavorecidas de la sociedad: los obreros, los ancianos, los enfermos y, como no, los emigrantes. Nadie quiere responsabilizarse de la crisis actual y mirar cara a cara a ciertos “ladrones”. Solución fácil: tirar balones fuera, es decir, reformas laborales, congelación de salarios, congelación de pensiones, obstaculizar la residencia del emigrante, etc. En definitiva, cortinas de humo para una sociedad autóctona furiosa, carnaza para la fiera. Como vemos, el fundamentalista no siempre es “el otro”.
Estos días se habla del caso alemán, por ejemplo. Del anuncio de Ángela Merkel de que el proyecto multiculural de Alemania ha fracasado. Los periódicos y noticiarios van llenos de ello sin mencionar lugares donde sí ha triunfado. Pero ¿hubo alguna vez proyecto multicultural alemán? Ningún medio menciona que Alemania jamás realizó una política de integración, ni tan siquiera en referencia a la lengua. ¿Cómo exigir integración o adaptación cuando la idea de fondo es que se requiere que sean inadaptados para recharzarlos cuando convenga? De nuevo, carnaza para la fiera.
Falacias, engaños, sopa boba para un pueblo que ve como se le recortan derechos y reclama culpables. Que mejor culpable que “el otro”, o mejor dicho, qué fácil señalarle.
Los Estados se escudan tras una identidad nacional que se diluyó con la globalización, que se ya difuminó con la Unión Europea; una identidad que olvidó en pos de la mezcla de culturas y con la defensa de la convivencia. Estados que a conveniencia borran todo ello para retomar viejas ideas que sólo funcionaron en base al sometimiento de los propios y los ajenos. Europa está vieja y cansada, sí señor, muy vieja, y como los ancianos es reticente a los cambios, pero hay una esperanza: los jóvenes. Ya no hay ciegos, excepto el que no quiera ver, es la ventaja de la difusión del conocimiento y la opinión.
Salvia Deserta, de mi gente.
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