viernes, 22 de octubre de 2010

LA HISTORIA HOY

 En primer lugar, propongo la búsqueda de las definiciones de ciencia en un diccionario, entre las que encontramos:

Ciencia: Saber o erudición. Conjunto de conocimientos de cualquier cosa.

Exacto, la “ciencia” no existió como lo entendemos hoy en día hasta que surgió la especialización. Pero, esto plantea otra pregunta, ¿seguro que fue la especialización la que dividió el conocimiento? La especialización fue una imposición, otra trampa. La división del conocimiento fue un hecho premeditado a sabiendas de que el conocimiento es en sí mismo un arma. Cuanto más fraccionado esté más difícil será crear consensos; cuanto más promocionados sean unos u otros más rivalidad existirá y, por tanto, cuanto más tiempo se pierda en esa rivalidad menos se obstaculizarán los intereses de los poderosos.

Por otro lado, aceptando la fragmentación existente, hay que tener en cuenta otro factor. Tal como defendía Fevre, todo es Historia. No hay ninguna ciencia que no posea Historia, ni siquiera el resto de las humanas como filosofía o antropología. Todo posee su propia Historia. Por tanto, ¿cómo llamar un estudio que abarca todos los aspectos de la Humanidad? ¿Al estilo marxista emulando la palabra superestructura con “superciencia” quizá? Y además, si la Historia usa elementos de otras disciplinas ¿podemos considerarla fuera de la catalogación de “ciencia”?.


La Historia es un camino, una guía de acontecimientos que proporciona un mapa de comportamientos, opciones del pasado (algunas ignoradas, tal como defiende Josep Fontana), que puede llegar a configurar nuevos caminos. Ahora bien, para determinar qué es Historia y cuál es su utilidad, vamos ha continuar con el símil del mapa.

Veamos la Historia como la totalidad de un mapa de carreteras típico en nuestros desplazamientos. Dicho mapa está lleno de miles de carreteras de diversos tipos (léase procesos históricos): autopistas, autovías, carreteras nacionales, comarcales, locales, pistas forestales, etc. Todas esas vías nos aproximan o llevan a diferentes localidades (léase hechos, individuos, villas, etc).

El hombre como ser racional, piensa, y en su pensamiento puede elegir diferentes caminos. Puede optar por las carreteras estatales, las que “cuidan” y mantienen las autoridades, o bien por caminos alternativos que el propio individuo confecciona al margen de las autoridades. Todos hemos ido alguna vez al campo y hemos comprobado la cantidad de senderos existentes que nos llevan a lugares desconocidos, o bien configuran una red de caminos alternativos para llegar a lugares dónde las carreteras oficiales también llegan. El trabajo del historiador reside en la confección de ese “mapa histórico”, en dibujar los caminos tomados por la Humanidad, los usados, los abandonados, los alternativos, los posibles, para así conocer las diferentes realidades pasadas, las presentes y colaborar en la confección de las futuras, ya que conocerlos no lleva implícita la previsibilidad. De la misma manera que la naturaleza puede alterar nuestros viajes mediante crecidas de ríos, tormentas, nevadas o terremotos, los procesos históricos están sometidos a miles de imprevistos.

Obviamente hay que tener en cuenta los imprevistos pero es ahí donde entran en juego esas otras ciencias hermanas como la antropología, la etnografía, la filosofía, la sociología. Hay que tener en cuenta que no ocurre nada por unir el conocimiento de nuevo, aunque sea mediante personas especializadas en lo concreto, del mismo modo que en la confección de un mapa de carreteras colaboran geógrafos, ingenieros, licenciados de turismo.

El hombre ha ideado diferentes caminos a recorrer. En momentos como los actuales, es a ellos a quien hay que observar, incluso más, hay que escuchar, para dejar de usar carreteras que no nos llevan a ninguna parte, aquéllas que por otro lado, nos guste o no, son marcadas por unos pocos. Hay que contar la imaginación del hombre, con que la creatividad es parte inherente en él, y, por tanto, capaz de corregir errores.

¿Qué es útil la Historia? Categóricamente, sí. El problema actual viene en como transmitir ese conocimiento de modo que sea útil para todos.

En momentos como en los que vivimos hoy en día, la Historia, unida a otras ciencias, debería poder ofrecer herramientas de trabajo para poder crear un cambio de consciencia y de actuación. El problema radica en el modo en como se vende el “mapa”. Pocas ciencias como las humanas están tan subyugadas al poder. Los historiadores entonaron el mea culpa cuando vieron como se había tergiversado el conocimiento histórico a merced del sueldo y prestigio ofrecido por los Estados. Pero ¿ha cambiado en la actualidad? La Historia que se explica a diario en las escuelas sigue estando determinada por ciertos poderes que deciden qué debe ser explicado y qué no.

Pongamos el ejemplo de Palestina ¿puede haber un uso más manipulado de la Historia? Se usa la Historia (o libros históricos “sagrados”) para justificar la invasión israelí. Pero no son los palestinos las únicas víctimas, sino que también lo es la propia sociedad israelí. Basta con una simple prueba: conectarse a la página web de la Universidad de Historia de Tel-Aviv. Allí veremos cómo la versión que se enseña a la sociedad israelí respecto a la ocupación y la limpieza étnica no tiene nada que ver con la realidad. Y no hace falta ir tan lejos. En nuestro país existen como mínimo dos versiones de la Historia: la que oculta los pactos de la transición con unos dirigentes que apoyaban la dictadura, el papel de Cataluña en España, en definitiva, la continuación de la división social de la que todavía no se ha recuperado España tras la Guerra Civil.

Y no hablemos del eurocentrismo. Continuamente se dan clases a alumnos que sólo conocen una realidad, la europea. Y no sólo eso sino que sólo la conocen desde la versión “oficial” o desde la deseada por los estados.

¿Hablamos también de las Universidades? Pues sí, también ellas deben encajar su culpa. No se pone en duda el gran trabajo de investigación que se elabora en ellas, sino que siendo garante de la libertad sea todavía en la actualidad lacaya del poder.

Se debería impartir Historia desde la visión poliédrica, no desde una única visión. Sólo así servirá de algo, exteriorizando el conocimiento académico a la sociedad mediante una enseñanza honesta. Mientras las ciencias humanas no sean libres no será posible que el papel del historiador en la sociedad sea escuchado. La Historia ha de usar las herramientas necesarias para transmitirse a una sociedad dormida. Es aquí donde toma una importancia relevante la narrativa. Posiblemente, en la construcción narrativa, se aportan varios elementos que dotan de subjetividad a nuestros estudios, pero es un mal menor. Con ello se quiere decir que los historiadores deben usar el mismo lenguaje que la población para llegar a ella. Debe ser entendida absolutamente por todos. Quizá lleve más trabajo, quizá se deberían usar los dos tipos de lenguaje: el técnico y totalmente riguroso y el llano bajo el mismo rigor mediante la narrativa.

Utilizar los medios necesarios para que por fin la función del historiador sea una función social no es una idea equivocada si se hace de manera meditada y moderada. Como hemos comentado anteriormente, la Historia se ha nutrido de herramientas de otras ciencias. Pruebas como la C14, las ecografías usadas en arqueología, o bien la estadística, por ejemplo. Pero las grandes herramientas del momento deberían ser los medios, entendidos como parte del lenguaje social: literatura, cine, televisión, cien, etc., elementos que forman parte de la sociedad y que son consumidos a diario e incluso aceptados como portadores de “verdades”. Últimamente hay más participación de historiadores en debates e informativos televisivos, y no sólo eso, sino que incluso se han creado programas específicos de arqueología o documentales. Ya es un gran paso, si no fuese porque suelen ser programas con horario intempestivo, pero poco a poco van logrando su propio hueco. Con todo esto, no es necesario renunciar a la seriedad participando en el mero espectáculo, hay que usar el lenguaje televisivo con rigor para transmitir el conocimiento.

Como defendía Marc Bloch, los historiadores tienen un compromiso social y deben intentar cumplirlo. Deben revisar constantemente sus herramientas de trabajo y actualizarlas de la misma manera que lo hacen todas las otras ciencias. En estos procesos siempre se cometen errores, pero es posible subsanarlos a base de la experiencia y la voluntad de trabajo. Hay que avanzar con al mismo paso que el hombre sin querer adelantarle, sin voluntad de profecía, sino de acompañamiento.

Hay que entender que el historiador no es sólo un arqueólogo que busca objetos “Sota Terra” (usando el nombre del nuevo programa de TV3), ni tampoco es sólo un forense de los hechos. Va más allá de la pura erudición personal de la que hasta hace poco presumía el sector de las Humanidades. Por lo tanto, debe ofrecer el “mapa” que elabora para conocer los caminos recorridos, abandonar los obsoletos y crear nuevos trayectos, que a su vez pueden ser rectificados, borrados y reinventados hasta hacerlos más seguros e igualitarios para todos.

Salvia Deserta, pensando.

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